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Leído en un Simposium realizado por la Federación de Sociedades Progresistas, en Londres, 1938, el presente artículo establece analogías entre la conducta del médico frente al enfermo y Ja que sería posible realzar frente a la sociedad, distinguiéndose una actitud, eminentemente valiosa, de diagnóstico profundo y otra de afán terapéutico a todo trance.
Se hace mención de los motivos irracionales, no ajustados a la realidad, que intervienen en la conducta humana. Ellos se presentan con fatalidad y también son eminentemente necesarios para conmover a las masas, como puede ser dirigiéndolas hacia las empresas bélicas. Sin embargo, y a pesar de su importancia, el fomentar su estudio no parece ser que ha interesado a ninguno de los gobernantes de países cultos.
La angustia de los individuos crea en ellos fantasías de la existencia de enemigos. Su elaboración psíquica se realiza mediante los mecanismos de introyección y proyección. Son estos hechos psicológicos y no solamente la influencia de la sugestión a través de la prensa y la radio, los que explican la capacidad de un dirigente político de empujar a las masas hacia hechos de brutalidad intensa, como son las guerras y la destrucción de la cultura.
En tales situaciones, el sentimiento de omnipotencia infantil, que reprimido existe en el inconsciente de cada individuo, puede ser proyectado y localizado en el dictador. Éste además se embriaga con sus triunfos iniciales. Pero también algo análogo ocurre en las democracias; el pueblo pasivamente, en ocasiones difíciles, exclama que por qué el gobierno no resuelve una situación dada. Se crean así delirios colectivos de persecución, que un conocimiento psicológico profundo ayudaría a resolver más favorablemente para la humanidad. Ello es tan cierto que no constituye ninguna exageración el afirmar que en un futuro y en una sociedad sana “el dirigente estará obligado a pasar ciertos tests psicoanalíticos elementales o más aún, a someterse a un psicoanálisis profundo”.
Garma.