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Los autores definen la obsesión como la “aparición involuntaria y ansiosa en la conciencia de pensamientos o de sentimientos parásitos que tienden a imponerse al yo, evolucionando al lado de él y no aceptados por la conciencia.
Es raro observar en la clínica las primeras fases que siguen a la aparición de la obsesión; el enfermo soporta los incidentes de su estado, y es preciso que se le haga insoportable la vida para que se considere enfermo e intente curarse. Si en presencia de uno de estos enfermos intentamos sorprender su obsesión, veremos que no hay en su anamnesis acontecimientos físicos ni psicológicos que justifiquen ser la causa. Sin duda se ha podido encontrar a veces la presencia de una afección febril, fatigas excesivas o un shock emotivo; pero más frecuentemente la obsesión parece sobrevenida espontáneamente y aun el contenido mismo de ella no tiene relación aparente con las preocupaciones normales del sujeto, constituyendo así “el cuerpo extraño psíquico” que se ha introducido misteriosamente y se mantiene por una fuerza oculta.
Bastante menos frecuentes y graves son otros casos a cuyo comienzo podemos asistir, que afectan la forma de una fobia, relacionada estrechamente con la causa que la ha determinado; frecuentemente un shock emotivo.
Esta segunda serie de casos nos sirve de transición a otra categoría mucho más extensa, pero que apenas corresponde al dominio de la patología mental. Nos referimos a la obsesión fugaz y trivial que casi todos hemos experimentado alguna vez. Esta obsesión, que llamamos normal, se parece exactamente a la obsesión patológica, de la que difiere sólo cuantitativamente, pero no por naturaleza, y de ello podemos convencernos con un análisis superficial de la obsesión normal. Pensemos, por ejemplo, en el conocido fenómeno del remordimiento. Es sabido hasta qué punto el remordimiento entraña una sensación de desdoblamiento de la personalidad. Un sentimiento de culpabilidad por una falta invade al sujeto, a pesar de que ésta haya