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Karen Horney se ha separado del psicoanálisis. Sus primeras divergencias empezaron justamente con el tema aquí tratado. Sin embargo, este trabajo es una contribución interesante al tema —tan discutido— de la importancia del complejo de castración y de envidia al pene en la mujer. Además —independientemente de que uno acepte o no, el punto de vista expuesto en este artículo— es impresionante comparar la profundidad de este análisis con la forma superficial característica de sus últimas publicaciones.
Primeramente discute por qué la envidia del pene en la mujer es tan difundida y evidente. Supone que esta envidia se expresa en la infancia casi siempre bajo el deseo de poder orinar como un hombre y que proviene de tres raíces distintas. La primera sería relacionada con el sadismo uretral. La forma dé orinar del varón parece, por la fuerza del chorro de orina, más apta para descargar tendencias y vivir fantasías sádicas. La segunda raíz provendría del deseo de admirarse al orinar y contemplar el propio genital, como lo puede hacer el varón. El tercer factor, tal vez el más importante, proviene de deseos masturbatorios reprimidos y los sentimientos de culpa correspondientes. Observando la forma de orinar del varón, la niña le envidia porque él puede, en esta oportunidad, tocarse impunemente el pene. De ahí surge la sensación de ser perjudicada y más tarde la queja, de que la mujer tiene menos libertad sexual que el hombre. Después de dejar establecido que la niña, por no comprender todavía el papel preponderante que jugará más tarde en la procreación, tiene razón de sentirse en desventaja frente al varón, la autora aborda el problema, si realmente la envidia al pene forma el núcleo del rechazo de su femineidad en la mujer. Normalmente la niña tiene dos posibilidades de superar la envidia al pene, de transformar el deseo narcisísticoautoerótico de posesión en el deseo femenino hacia el hombre (padre) y en el deseo maternal hacia el hijo (del padre). Esta transformación se