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Séame permitido pronunciar a la vista de este féretro glorioso unas palabras de gratitud conmovida en nombre de los amigos vieneses, de los amigos austríacos y del mundo entero, y de servirme del idioma que Sigmund Freud enriqueciera y ennobleciera magníficamente con su obra.
Los que aquí nos hallamos unidos por el pesar común —huelga recordarlo— vivimos un momento histórico como el destino no ha de brindárnoslo por segunda vez.
Pensemos que, en cuanto a otros mortales —a casi todos ellos— su vida, su coexistencia con nosotros termina para siempre en el escaso minuto en que se enfría su cuerpo. Mas ahora nos hallamos en presencia de los despojos mortales de un hombre único y sin par, en esta época desconsoladora, cuya muerte no representa sino un fenómeno fugaz y casi insubstancial.
El que nos deje no significa un fin, un término rudo, sino nada más que una transición suave de la mortalidad a la inmortalidad.
En lugar de lo perecedero físico que hoy perdemos agobiados por el dolor, quede en salvo lo imperecedero de su obra, de su esencia.