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Durante la primera guerra mundial, la neurosis traumáticas se encontraban entre los trastornos que ofrecieron mayor resistencia a los esfuerzos terapéuticos de la medicina militar. En ese tiempo se contaron por decenas de miles y se convirtieron en problema tan serio, tanto para los aliados como para las potencias centrales, que para su tratamiento fueron creados hospitales e instituciones especializadas. Se realizaron muchos intentos, en general inútiles, para encontrar una terapéutica o profilaxis de este trastorno.
Las neurosis traumáticas constituyeron uno de los más onerosos legados de la primera guerra mundial, debido a las exigencias económicas del tratamiento e indemnización de veteranos. Entendemos que en ciertas épocas representaron el 80 % de los casos bajo cuidado de la oficina de veteranos.
Los ineficaces resultados terapéuticos y el alcance de estas responsabilidades, explican ambos por qué al estallar la guerra actual, los psiquíatras se interesaron intensamente en los métodos para la prevención y cura de la neurosis traumática, cuya incidencia se esperaba fuese muy elevada a consecuencia de la mayor severidad de los traumas a los que el soldado moderno y poblaciones civiles, en conjunto, se hallan expuestos. La discusión de las medidas necesarias para hacer frente a esta enfermedad, se complicó por la inclusión de las neurosis de guerra en el ya complejo cuadro de las neurosis traumáticas propiamente dichas. En nuestro trabajo no seguiremos este procedimiento y nos ocuparemos sólo de las neurosis traumáticas, frecuente aunque incorrectamente llamadas shell shock (1).