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Cuando le sucede a uno que, al echar mano de su anecdotario, descubre que las actividades que más le agrada relatar son las propias, y se le ofrece luego la oportunidad de hacerlo con motivo del vigésimo primer aniversario de un movimiento, más que tonto sería si no la aprovechara. Permítaseme pues que haga un breve bosquejo de algunos de mis contactos con la situación.
En ocasión anterior, hablando ante la Sociedad Médica del Kings County , me referí ya a los cuarenta años de mi evolución dentro del movimiento (1). En aquella alocución aludí a mi “fecundación”, producida con motivo de un caso de la llamada “fiebre de heno”, que ahora está más de moda llamar “alergia”. Me acababa de recibir de médico y, antes de comenzar mi internado en el Hospital de St. Mary, de Brooklyn, ciudad a la que fuí a residir poco tiempo después de mi nacimiento, me tomé dos semanas de vacaciones en mi lugar de recreo favorito, el Lago George de los Adirondacks. Un compañero de Facultad se encontraba asimismo allí, cortejando a una prima mía. También nos acompañaba un amigo de aquél. Con este amigo solía yo caminar todos los días hasta la oficina del correo, más o menos un kilómetro entre ida y vuelta, y entre otras cosas me contó lo feliz que se había sentido en las últimas tres semanas, pues desde su llegada no había sufrido ningún ataque de “fiebre de heno”. Me refirió que esa enfermedad le obligaba a pasar todos los años, para el mes de julio, uno o dos