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Adimanto. —¿De qué deseos hablas tú?
Sócrates. — Hablo de aquellos que se levantan mientras dormimos, cuando la parte del alma que es la silla de la razón, que es dulce y tratable, y manda a todo el hombre, está como dormida, y la otra parte animal, y feroz, incitada con los vapores de la comida y del vino, se revela, y sacudiendo el sueño que quisiera aturdiría, busca cómo escaparse y satisfacer sus apetitos brutales. Bien sabes que esta parte del alma se atreve a todo en estos momentos, como si estuviese libre y exenta de las leyes de la sabiduría y del pudor, de suerte que se imagina entonces tener un comercio ilegítimo con su madre, y no se avergüenza; que nada distingue, ni Dios ni hombre, ni bestia; que ningún homicidio, ningún alimento le horroriza; en una palabra, que no hay acción por extravagante e impúdica que sea, tras la cual no se vaya.
Sócrates. — Acaso me dilaté demasiado en referir esto. Lo que importa solamente saber es que hay en cada uno de nosotros, aun en los que parecen más dueños de sus pasiones, una especie de deseos crueles, brutales, sin freno y sin ley, y que se dan a conocer mientras dormimos. Examina, pues, si lo que yo digo es verdad, y si te conformas con ello.