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Este breve artículo no está escrito para los psicoanalistas experimentados, sino para los principiantes o los lectores aficionados del psicoanálisis. Creo que es de interés demostrar, cómo un detalle tan insignificante, como el acto de fumar durante la hora analítica, puede ser utilizado en el tratamiento. El problema —si se me permite llamarlo así— puede ser enfocado desde dos puntos de vista distintos: Si el fumar del analista puede ser perjudicial para su labor, distrayéndolo, y cuáles son las reacciones que puede provocar en el analizado.
Sobre el primer punto Fenichel (1) refiriéndose al fumar, entre otras actividades autoeróticas del psicoanalista, escribe lo siguiente: “Actividades accidentales de naturaleza autoerótica, como rascarse, jugar, y otras que se le asemejan, pueden facilitar, en ciertas circunstancias la atención libremente flotante, pero pueden transformarse también en elementos perturbadores. Esto depende de si tales actividades constituyen una descarga de los impulsos libidinosos interferentes que, desviados en esta forma, ya no pueden producir perturbación alguna. Por otra parte, si aumentan la tensión libidinosa del analista, desvían al mismo tiempo su atención del enfermo. Tanto uno como otro caso depende de la economía libidinosa del analista.”
“…En general podemos llegar a la conclusión de que la constante atención dedicada al enfermo, impone al analista un estancamiento tan grande de libido que una descarga leve, como por ejemplo, el fumar, puede resultar beneficiosa. Sin embargo, puede ocurrir lo contrario.” El fumar sería tan ventajoso o perjudicial como cualquier otra actividad autoerótica del analista, que por lo demás, dentro de ciertos límites, prácticamente es inevitable.
Veamos qué reacción puede provocar el fumar del analista en el analizado. Aparte de cualquier otra, lo percibirá como un rasgo personal de