You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
Tenía yo cuatro años y estando en París, una mañana del mes de septiembre, al día siguiente de nuestro regreso del mar, tuve de golpe al despertarme una violenta hemoptisis. El médico diagnosticó una “congestión pulmonar”. Los pulmones estaban tan obstruidos, mi estado era tan grave, que el médico declaró al atardecer que seguramente no pasaría esa noche. Mi abuela paterna que me criaba —mi madre había muerto al nacer yo— telegrafió a mi padre, que viajaba por los Balcanes, para que volviera.
Pero pasé la noche y me desperté a la mañana siguiente. Mi padre, a su regreso, volvió a encontrar a su hija única y bastaron unos meses pasados en el sur de Francia para curarme definitivamente.
No conservé memoria del vómito de sangre, a pesar que mis primeros recuerdos se remontan a una época anterior a mis cuatro años. Aún más, durante toda mi infancia ignoré que hubiera escupido sangre. Mi abuela y las mujeres de edad madura que me cuidaban, así como nuestro médico de ideas anticuadas, me rodeaban de cuidados excesivos y absurdos; me privaban de aire, de salidas durante el invierno, prohibiéndome hasta lavarme las manos con agua fría. “Ya saben lo que pasó —murmuraban—. ¡Con tal que no sea como la madre!” Pero lo que había sucedido nadie lo repetía: a los de afuera, por temor que me creyeran enferma “de los pulmones” y a mí, para no asustarme. Por supuesto que todo este misterio rodeando un sombrío y nebuloso acontecimiento que oprimía mi vida, sólo conseguía precisamente aterrarme. Recordaba sin embargo algo, un acontecimiento fantástico; extraordinario. Una mañana, cuando era muy pequeña todavía —tendría alrededor de cuatro años—, al despertarme, acostada sobre la espalda,