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La idea de vincular la conducta criminal con las alteraciones de la mente es tan vieja como el mundo. Desde la más remota antigüedad hasta el presente, el juicio de los hombres se acostumbró a ver en el crimen una tempestad de afectos, un violento desorden de los instintos, algo brutal y carente de lógica. Este juicio impresivo tomó forma y cristalizó en las ideas de Lombroso, para quien, como es sabido, la tendencia al crimen no sería más que una marca genotípica, un “estigma degenerativo” inmodificable como la misma enfermedad mental o los vicios del desarrollo. Proclamando así a los cuatro vientos que el delincuente era un “degenerado mental”, un degradado de la Especie, en todo y por todo diferente del hombre normal, la ciencia de Lombroso se hacía eco, inconscientemente, de las mismas ingenuidades inconsecuentes postuladas por el sentido común de la época.
La primera protesta contra este pueril concepto del criminal no partió de la Ciencia; partió de la literatura, de Dostoiewski, que supo mostrar con asombrosa profundidad, cómo el hombre aparentemente más normal, se puede transformar, por influencia de conflictos interiores o circunstancias ambientales, en el más primitivo de los criminales. Constituye realmente un irónico determinismo psicológico que la actitud literaria en el enfoque del criminal haya partido del cientista Lombroso, y que la actitud verdaderamente científica se haya originado en el literato Dostoiewski, a quien el correr del tiempo vino a darle finalmente la razón. En efecto, sabemos hoy por el psicoanálisis, que todos abrigamos al lado de las tendencias eróticas e incestuosas, impulsos criminales, no siendo por lo tanto ni más ni menos normales que el verdadero delincuente.
El problema sólo radica en descubrir por qué algunos nos contentamos con realizar tales tendencias apenas en forma alucinatoria en el sueño o en forma plástica en el síntoma, mientras otros nos vemos forzados a colocarlas en el mundo real a través de la motilidad. Arrostra