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Basado en un abundante material clínico el autor manifiesta que el yo de los homosexuales es de una estructura arcaica infantil en sus relaciones objetales tanto femeninas como masculinas, dependiendo ello de un primitivo narcisismo. Sus fantasías constituyen un mecanismo tendiente a mantener la actitud de grandeza narcisística y la proyección de esta actitud en los objetos, a los que dotan de tales simbólicos deseos. En algunos casos tal incremento de la fantasía se origina en una imposibilidad de competición con otros niños durante la infancia. El yo de los homosexuales no abandona los primeros objetos de identificación y nunca logra una completa identificación con uno u otro de los padres, interfiriendo cada una de ellas con la otra. Los sentimientos pasivos del yo se compensan por un incremento del primitivo sentimiento megalomaníaco del yo, por la fantasía y la proyección del ideal del yo. En otros casos, el de los homosexuales agresivos, aquellos de madre dominante y padre insignificante o débil, la actitud es el deseo de convencerse y convencer al mundo de que poseen un fuerte yo, pero debido a la poderosa y primaria identificación materna se someten al hombre después de provocarlos tratando al mismo tiempo de humillar a la madre introyectada. Estos individuos son los que consideran su homosexualidad como una superación respecto a los seres normales.
El aumento de las cargas narcisísticas es un sustitutivo de deficientes relaciones de libido objetal. El placer final en los actos previos se deriva del “combustible” de energía suministrado por la carga narcisística como un intento de una temporaria relación objetal con fines inadecuados. En el aspecto caracterológico se observan los mismos rasgos. En conjunto, el yo del homosexual está dirigido por un intento de superar su narcisismo pre y postnatal y reconstruir sus grandes imposibilidades de amar, es decir una defensa para prevenirle del peligro de una depresión o despersonalización… El homosexual no persigue