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En mis primeros trabajos (2) expliqué una fase del sadismo en su cúspide, por la que pasan los niños durante el primer año de vida. En los primeros meses de la existencia del niño, éste tiene impulsos sádicos dirigidos no sólo contra el pecho de su madre, sino también contra el interior de su cuerpo vaciándolo, su contenido devorándolo, destruyéndolo por todos los medios que el sadismo puede sugerir. La evolución del niño está gobernada por los mecanismos de introyección y proyección. Desde el comienzo el yo introyecta objetos “buenos” y “malos”, siendo el pecho de la madre el prototipo de ambos —de los objetos buenos cuando el niño lo consigue y de los malos cuando éste le falta—. Pero es porque el bebé proyecta su propia agresión sobre estos objetos, que él siente que ellos son malos, y no sólo porque ellos frustran sus deseos: el niño los concibe como realmente peligrosos —perseguidores que él teme lo devoren, que vacíen el interior de su cuerpo, que lo corten en pedazos, que lo envenenen— en resumen, que maquinen su destrucción por todos los medios que el sadismo puede imaginar. Estas imagos, que son un cuadro fantásticamente distorsionado de los objetos reales sobre los cuales se basan, las instala el bebé no sólo en el mundo exterior sino, por el proceso de incorporación, también dentro del yo. De ahí que, niños muy pequeños pasen por situaciones de ansiedad (y reaccionen con mecanismos de defensa), cuyo contenido es comparable al de la psicosis de los adultos.
Uno de los primeros métodos de defensa contra el miedo a los perseguidores, concebidos ya sea en el mundo externo o internalizados es el de la escotomización, la negación de la realidad psíquica; esto puede llevar a