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En las leyendas de aventureros que buscan la fuente de la juventud, se destacan claramente las dificultades y penurias del viaje. Al lugar donde se produce la milagrosa metamorfosis sólo puede llegarse después de sobrepasar obstáculos de increíble naturaleza. Tal lugar está exento de ser descubierto por el mortal común, por lo inaccesible de su entrada.
En la obra titulada Ella, de Rider Haggard, se hace una emocionante descripción de la ordalía del cuerpo y del alma por la que deben pasar los aventureros que desean penetrar en la cueva cavada en el corazón de las montañas, donde la llama de la vida surge desde la tierra en una estupenda incandescencia rosada. En la gloria de la juventud eterna, Ayesha entra en el fuego del que había emergido dos mil años antes y paga el terrible precio de la muerte, envejeciendo y marchitándose en pocos segundos, por ignorar que nadie puede bañarse en el “fuego viviente” más de una vez.
Esta romántica historia es una hermosa alegoría de la penalidad correspondiente a nuestro anhelo de retornar al claustro materno; De esa fuente de juventud, de ese fuego viviente surgimos una vez en el esplendor de la perfección física. De haber encontrado el camino de regreso, nuestro destino hubiera sido sellado por la muerte. La búsqueda, por tanto, debe ser alegórica. Sólo mediante un viaje espiritual podemos alcanzar la fuente de la juventud eterna.
La religión católica expresa esta verdad proclamando que sólo mediante el agua y el espíritu podemos alcanzar el Dominio del Cielo. Este es el significado simbólico de la ceremonia del bautismo de la iglesia; también podemos descubrir veladamente la presencia de la misma idea en la vieja exigencia mitológica de que los muertos antes de poder llegar al otro extremo de la vida, deben atravesar el río Leteo, Estigia o Aqueronte. Sin embargo, estos viajes sombríos, se realizan a la sombra de la muerte y no en la