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Los niños aprenden que es necesario protegerse contra el ambiente ocultando sus verdaderos pensamientos y sensaciones. Con el tiempo este engaño es practicado también contra aquella parte de su psiquismo que representa las circunstancias ambientales. Por tal motivo el individuo mismo puede ser engañado por una actitud emocional propia, la que sólo es una defensa contra la expresión de una emoción básica, por completo diferente. Es muy importante que el analista distinga estas actitudes defensivas de las emociones subyacentes. Todos estamos sobre aviso, como analistas, ante el posible papel del amor y de la “transferencia” erótica como disfraz para la angustia. Aprendimos a considerar esta angustia en gran parte como una “señal de peligro” o de defensa contra los impulsos hostiles.
En verdad, hay precedentes teóricos para considerar la hostilidad como una actitud que también puede ser utilizada para encubrir el estado de un sentimiento, ubicado más profundamente. Tal es el clásico ejemplo de la formulación paranoica. Ernest Jones en Temor, culpa y odio (2), consigna en forma clara que cuando el odio es la capa superficial de un afecto, es utilizado por el paciente para encubrir una capa más profunda de temor o culpabilidad, los que a su vez lo defienden contra una capa más profunda de “odio producido por un yo distónico”. Hay pocas emociones en la vida que, como la ira, puedan dar al individuo una tan intensa convicción de que está en lo cierto, o incluyan tan completo sentido de autojustificación; esta impresión de veracidad se tiene al máximo en la llamada “verdadera indignación” y “la reacción consciente de odio es un intento de elaborar la culpabilidad, o más bien la impotencia que dicha culpabilidad ha provocado”.
Por tanto, sin pretender originalidad, comprendo no obstante que corresponde tener presente que la hostilidad puede ser defensiva. Corrientemente