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El autor da una explicación psicológica de la enorme atracción que despiertan los cuentos policiales en gran número de personas de los más diversos gustos literarios. Se refiere particularmente a los cuentos de Edgar Wallace, pero considera que, en general, sus conclusiones son aplicables a todos los de su género desde Conan Doyle hasta las historietas policiales más comunes. La estructura de estos cuentos es la siguiente: se ha cometido un crimen; éste, así como su autor, tienen aspectos misteriosos; interviene un detective muy conocido que resuelve el caso llegando a una solución que sorprende y satisface.
En la naturaleza psicológica de estos cuentos hay que considerar dos factores importantes: 1ọ, el contenido del tema y, 2ọ, su estructura. La dinámica del contenido consiste en que el lector puede satisfacer fantaseadamente en la conducta criminal y agresiva, sus impulsos del ello, identificándose con el criminal. Esto es posible porque está suficientemente alejado de la realidad y porque en seguida se conforma al superyó con la detención y castigo del culpable, o sea mediante una identificación con el detective. Esto último además proporciona un placer subsidiario, ya que el detective representa un ideal del yo por sus características de superman; en efecto, el detective es popular, siempre consigue buen éxito, generalmente escapa al peligro y conoce todas las respuestas, a veces por medio de poderes extraordinarios.
Otro proceso que ayuda a comprender el deleite que se encuentra en la lectura de cuentos policiales es el de la libidinización de la ansiedad. Hay una atracción por jugar con la ansiedad mientras pueda elegirse la situación que la origina; el contralor de las situación permite que lo displaciente pueda sentirse como placentero. Es decir, por el constante reaseguramiento de que todo es irreal y puede abandonarse el campo de peligro en el momento que se desee.
En cuanto a la dinámica de la estructura, lo fundamental es que la tensión y la ansiedad están