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Cierta noche de 1886, Freud, apenas cumplidos los 30 años, se vió ante una de las reuniones semanales de la Aerztegesellschaft (Sociedad de Médicos) de Viena, en el trance de exponer cuanto había aprendido durante el año que acababa de pasar en la Salpetrière, junto a Charcot. “Pero mis comunicaciones a esa Sociedad fueron muy mal acogidas. Personas de gran autoridad, como el doctor Bamberger, presidente de la misma, las declararon increíbles. Meynert me invitó a buscar en Viena casos análogos a los que describía y presentarlos a la Sociedad. Mas los médicos en cuyas salas pude hallar tales casos, me negaron la autorización de observarlos. Uno de ellos, un viejo cirujano (se refiere a Billroth) exclamó al oírme: ¿Pero cómo puede usted sostener tales disparates? Histeron (sic) quiere decir «útero». ¿Cómo, pues, puede un hombre ser histérico? … La impresión de que las grandes autoridades médicas habían rechazado mis innovaciones obtuvo la victoria, y me vi relegado a la oposición con mis opiniones … Cuando poco después se me cerraron las puertas del laboratorio de Anatomía Cerebral y me vi falto de local para dar mis conferencias, me retiré totalmente de la vida académica y de relación profesional. Desde entonces no he vuelto a poner los pies en la «Sociedad de Médicos» (2).”
Este rechazo del psicoanálisis por la medicina académica, mantenido aún hoy, puede considerarse como una expresión oscurantista que deberá pasar a la historia en contados días. Por lo menos en lo que a sus aplicaciones médicas se refiere, justamente estamos presenciando el ingreso del