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El escritor alemán Emil Ludwig, cuya extraordinaria versatilidad le permitió escribir sendos volúmenes sobre Goethe, Jesucristo, Napoleón, Bismarck, Lincoln, Schliemann, Cleopatra, Guillermo II, Hindenburg, Roosevelt, Mussolini, Masaryk, Stalin, Wagner, Beethoven, el Nilo, el Mediterráneo, los alemanes y muchos otros temas, dedicó últimamente un delgado tomito a Sigmund Freud y el psicoanálisis.
Se confiesa adversario de Freud que es para él un “sexómano” (pág. 44) sin visión ni imaginación (págs. 202 y 206) y se esfuerza en 210 páginas en demostrar urbi et orbi que el psicoanálisis, aparte de no ser original, es tan ridículo como peligroso.
Todo esto no es muy nuevo. Ya sabíamos que a muchos no les agrada que alguien “conmueva el sueño del mundo”. Es un tanto cómico leer que Tomás Mann, premio Nobel y amigo del psicoanálisis, es, según Ludwig, sólo un “burgués urbano” que no pertenece a los autores contemporáneos que él llama grandes (págs. 86 y 87). Pero, en general, no se puede negar que tanto la ironía como la indignación del autor terminan por ser un poco aburridas.
Lo que sí es sorprendente, empero, es la ligereza irresponsable con que Ludwig se ha provisto de información. Es fácil demostrar que gran parte de su