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”Nunca olvidaré —cuenta León Tolstoy— el terrible momento en que Saint Thomas (su maestro), señalándome el suelo, me ordenó que me arrodillase a sus pies, mientras yo permanecía inmóvil, pálido de rabia, diciendo para mis adentros que prefería morir en el acto antes que obedecerle, hasta que él, cogiéndome por los hombros y haciéndome daño, me obligó a ello …
”No recuerdo ahora por qué motivo, pero sé que, injustamente, Saint-Thomas me encerró primero en una habitación y luego me amenazó con un látigo. Sentí una gran indignación y asco, no sólo al maestro, sino a la violencia misma con que quiso forzarme a la obediencia. Fué un sentimiento de odio verdadero, no el odio que describen las novelas y que se representa como un placer al satisfacerlo, sino el odio que inspiran el asco y la repulsión pr un hombre que, a pesar de todo, es digno de estimación; que se nos hace insoportable por sus cabellos, por su cuello, por su voz, por sus movimientos, pero que al propio tiempo nos obliga con inexplicable fuerza a seguir sus movimientos y su conducta.”
”Me tendía en la cama, de cara a la ventana que recaía al jardín, me cubría la cabeza para preservarme de los mosquitos y de los murciélagos, y mirando al parque permanecía así, soñando en el amor y en la dicha. Y todo, entonces, se me aparecía de otro tono —los añejos abedules que brillaban en su parte expuesta a la luz de la luna y que proyectaban sus sombras al otro lado, impidiendo