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Al igual que tantos otros médicos desencantados de la vanidad de los éxitos clínicos, Oliver Wendell Holmes, hombre de múltiples actividades y múltiples inquietudes, buscó refugio en la creación literaria. Publicó unos pocos ensayos y las tres “Medicated Novels” que constituyen el presente volumen.
A tales novelas no puede atribuírseles otro valor que el de un modesto retrato de la reprimida y represora sociedad de la New England de entonces, con sus sentimientos ahogados, su severidad hipócrita, sus reverendos protestantes y sus médicos amanerados plagados de conflictos y de frases sibilinas.
Como construcción literaria, son narrativas mediocres, carentes de imaginación. Falta aquí, aquella profundidad, aquel arrebatamiento poético, aquella plenitud artística, que se encuentra con abundancia en otros ilustres americanos contemporáneos de Holmes, como Edgar Poe, o Nicholas Hawthorne. Las situaciones son inconsistentes y convencionales; la atmósfera psicológica mal delineada, cuando no arbitraria, y falsa siempre; el estilo gongórico y ampuloso. Los personajes toscamente dibujados caminan y hablan como autómatas, siempre precedidos y seguidos siempre por los comentarios supuestamente profundos del autor. Como si fuera poco, una ráfaga de folletín sopla continuamente en estas páginas, donde ni siquiera falta la clásica crisis de la heroína que, contrariada en sus amores, se tira al lecho, en una tristeza “sin lágrimas, sin palabras, casi sin pensamiento”, en el decir dulzón de Holmes. Ningún rasgo que denote verdadera incursión psicológica, como se ve en un Shakespeare, en un Ibsen, en un Balzac, en un Dostoiewski.
Ahora bien, todo esto carece de sustancia humana, de fuerza creadora, de grandeza artística. No pensó así empero el doctor Oberndorff, quien, con diligente entusiasmo, reunió y resumió estas intrascendentes historias para descubrir en ellas, inexplicablemente, un profundo sentido humanístico de la vida y de la enfermedad, y, lo que es más, para atribuirles un