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A menos que sean guiadas por una sólida tradición, tal como en la grecia antigua, las manifestaciones colectivas de placer o displacer estético carecen de profundidad. Un público que no comprende a un artista tiende siempre a acriminarlo y rechazarlo por su propia incapacidad de apreciación. De esta incapacidad, según el autor, participó también la psicología cuando abrigó en su seno el concepto del “artista loco” que, siento típico de la mentalidad popular, terminó por abrirse paso en las élites donde fué racionalizado.
La preocupación, plagada de convencionalismos, de distinguir un arte “normal” y un arte “anormal”, obstruye las posibilidades de acceso a un verdadero entendimiento del problema de la creación artística, pues el concepto de normalidad es exacto sólo estadísticamente: en un cierto período y en un cierto círculo de cultura, prevalece un cierto tipo de conducta. Nada más que esto. No se pueden considerar “anormales” patrones de conducta específicos de una actividad legítima, como la del artista, por la sola razón de que no son entendidos por otros círculos de cultura o por la sociedad en general. En una sociedad mecanizada y pragmática “donde el arte está limitado a funciones de lujo y propaganda” lo anormal puede precisamente ser la sociedad, que no dispone de medios para legitimar una profesión como cualquier otra, y no el artista.
El conocimiento psicoanalítico derrumbó en gran parte esta actitud preconcebida del “artista loco”, pero no ha impedido, según el autor, que muchos psicoanalistas persistan en el equívoco de interpretar elementos iconográficos, normales en un período evolutivo, como