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El debatido problema del masoquismo es encarado por la autora, bajo algunos ángulos originales. La línea de su pensamiento se orienta sobre todo en función de las satisfacciones narcisísticas ganadas por el yo, que buscaría el dolor como punto de apoyo para preservar la relación con su objeto. La identidad masoquismo-pasividad le parece falsa, pues querer ser pegado es ya de por sí una forma de actividad, en el sentido de que implica una imposición de orden. Trabajos de Eidelberg y Ferenczi mostraron en efecto que el masoquista sólo acepta el dolor por él mismo buscado, y jamás el que le es impuesto, lo que sirve como salvaguardia de su orgullo, y como medio de control para la “sorpresa” y la “tensión”.
Precisamente para este ideal de controlar y “aguantar” tensiones psíquicas desagradables que, por otra parte, es infundida por la educación, llevando al niño a vivirlo como sinónimo de ser ya un hombre, vive el masoquista. Su mise-en-scène de soportar todo responde a los anhelos de indestructibilidad de su ideal del yo. En este sentido hay que rectificar la opinión corriente de que el ideal del yo del masoquista sea el “perro pateado”, cuando en verdad es un ideal de invulnerabilidad.
Son nítidas a este respecto las relaciones entre el ideal de invulnerabilidad incluido en las fantasías mosaquísticas y el martirologio de ciertas religiones y de muchos credos políticos, en los que las torturas sufridas son compensadas mediante la coartada narcisística, de que se hace parte de un grupo de “elegidos del destino”. De la misma forma que en el mito del héroe romántico, sin prejuicio de su “actividad”, aquí también está incrustada una glorificación de la actitud masoquística.
Pero las fantasías del masoquista no muestran, como piensa Reik, que él sea capaz de soportar tensiones y que tenga una ilimitada capacidad para el sufrimiento, sino que quiere ser capaz de conseguirlo. Sin perder de vista esta función vicariante de la fantasía, muestra la autora que el masoquista actúa c