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La autora relata las primeras siete semanas de un análisis que realizó en un joven de 26 años, que desarrolló luego de un traumatismo craneano que implicó, al parecer, el lóbulo frontal, una neurosis caracterizada por una persistencia orgánicamente inexplicable de una diplopía y un hábito de frotarse el ano que se complicó, al poco tiempo, con un intenso prurito del ano. El enfermo, que era un pacifista fanático, sufrió su traumatismo por chocar con su motocicleta al volver de su enrolamiento en las filas del ejército. No tuvo nunca una relación sexual completa y satisfactoria hasta seis meses después de su accidente, cuando se enamoró de una mujer mucho mayor que él. La autora inició el análisis suponiendo que se trataba de un trastorno de tipo obsesivo, pero sin poder excluir las posibilidades de un defecto orgánico o de una esquizofrenia incipiente. El análisis mostró que se trataba, en efecto, de una neurosis obsesiva, pero su curso fué sorprendente en cuanto a las pocas semanas aparecieron temores de corte claramente paranoico. La autora supone que la aparición de las angustias psicóticas se debió a una situación transferencial particularmente intensa la que, por otra parte, permitió al enfermo sobrellevar sus temores, aceptar a la analista como un objeto fundamentalmente bueno, y volver a la realidad luego de la sesión. La autora considera que el establecimiento postraumático de una relación sexual completa fué etiológicamente importante. Sugiere la posibilidad de que un daño cerebral pasajero puede haber desinhibido al enfermo en el sentido de facilitarle el establecimiento de esta relación, enfrentándolo la desaparición posterior de la desinhibición orgánica con