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La observación casuística de la que parte este trabajo pertenece desde todo punto de vista posible a la esfera de la histeria. No creemos, en efecto, que psiquíatras de orientación descriptiva y fenomenológica, como Kraepelin o Kurt Schneider, llegarían a un resultado diagnóstico distinto del que nosotros derivamos del estudio analítico de la estructura psicodinámica del caso. Lo consideramos, en realidad, probable que hasta los que admiten la existencia de un “carácter histérico”, como Kretschmer o Bumke, reclamarían la enferma nuestra para su casillero.
Sin embargo, es notable que el trastorno que condujo a la paciente a nuestro consultorio, y que, en cierto sentido, constituyó el núcleo de su sintomatología neurótica, no fué una anomalía de la conducta propiamente dicha, sino un desarreglo de su menstruación, más precisamente una amenorrea, vale decir: que en el primer plano estuvo un trastorno de índole vegetativa, evidentemente del todo independiente de la inervación voluntaria que sería, según Alexander (1), la única responsable para la manifestación de mecanismos conversivos genuinos. Se levanta, pues, inmediatamente el problema de si, y hasta qué punto, la amenorrea de nuestra enferma puede ser considerada como un genuino fenómeno de conversión, y de ahí se abren, por supuesto, múltiples perspectivas hacia una consideración más general de los accidentes amenorreicos en patología mental.
No es nuestra intención ocuparnos aquí de modo detallado de los aspectos generales del problema. Significaría, evidentemente, revisar la psicopatología