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Al sobrevenir la primera Guerra Mundial pareció como si ésta súbitamente hubiera desafiado a las tradicionales maneras de considerar lo que se llama femineidad. Las mujeres aparecieron en muchos lugares ocupados antes exclusivamente por hombres; tomaron posesión de los empleos de muchos conductores de tranvías, chóferes, ascensoristas. El fumar, hasta entonces casi prerrogativa masculina, fué adoptado entre las mujeres; mujeres fumadoras de tabaco y bebedoras de cocktails son en la actualidad un rasgo de la “sociedad”, y es la mujer abstemia la que resulta una rareza. Durante los años finales de la penúltima guerra, y aproximadamente durante una década después de ella, sufrió asimismo un considerable cambio la apariencia de las mujeres. El uso del cabello corto, semejando al de un muchacho, fué casi universal; la chica de hablar áspero, angulosa y plana de pecho convirtióse en un fenómeno tan usual que no resultó ya llamativo. Las faldas a la altura de la rodilla, el tailleur o traje de calle masculinizado y la supresión aparentemente total del corsette de preguerra, expusieron a la mujer de postguerra a que el hombre pudiera contemplarla adoptando una actitud de tranquila provocación, de iniciativa llena de aplomo y de desafío casi complaciente.
Desde el punto de vista psicológico, todos estos cambios fueron tal vez más revolucionarios que la adquisición y extensión del sufragio femenino —también primariamente un fenómeno de postguerra—. El molde semivictoriano de castidad, inocente remilgo, recato y pasividad romántica, sufrió un rudo golpe, más por los cambios aparentemente externos ya mencionados que por la admisión de las mujeres en el foro, el jurado y la política. En realidad la historia ha conocido, admitido y aceptado grandes mujeres