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Cuando se inauguró el Instituto Psicoanalítico de Berlín, hace unos 26 años, fuí nombrado analista didáctico. Esta ha sido mi ocupación principal a través de las vicisitudes de la existencia. Ni el tiempo transcurrido, ni tampoco mi oportunidad especial para recoger experiencias son por sí mismo justificación suficiente para las observaciones que describo a continuación. La experiencia de un analista (creo que ocurre lo mismo con cualquier tipo de experiencia que se salga de la mera rutina) no es un coeficiente sencillo que se multiplica por el tiempo transcurrido y la cantidad de material estudiado. La verdad puede ser adquirida en un instante de perspicacia, mientras que los caminos del error pueden desviarnos tanto más lejos de ella, cuanto más tiempo sean aplicados.
Debemos dejar sentado, que cuando empecé mi labor como analista didáctico, esta institución estaba aún en sus estadios experimentales. El hecho, hoy en día establecido, de que todo analista deba haber sido analizado, era aceptado como conocimiento teórico; pero no había sido llevado a la práctica y era imposible prever que pudiese ser conducido a buen término. Más aún, en el caso de llevarse a cabo el análisis preliminar de los candidatos, no se sabía cuándo y por quién, debía éste realizarse. Mi iniciación en esta nueva rama de la profesión coincidió con su desarrollo general a mi alrededor y lejos de estar basado en resultados anteriores y estrictamente reglamentado, fué recibiendo sus definiciones y líneas generales con la cooperación de los analistas más destacados de aquella época, quienes participaron en esta labor. Tuve la ventaja indiscutible de comparar mis experiencias y discutirlas con hombres del relieve de Freud, Ferenczi, Abraham, Rank, Eitingon, Radó y Reik.