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“Mi madre, la señora Henriette Gagnon, era una mujer encantadora y yo estaba enamorado de mi madre.
“Me apresuro a añadir que la perdí cuando tenía 7 años de edad.
“Queriéndola a los seis años (1789), tenía absolutamente el mismo carácter que cuando quería locamente a Alberte de Rubempré en 1828. Mi manera de ir en busca de la felicidad no había, en el fondo, cambiado en nada; tan sólo con una excepción: era yo en lo que concierne al físico del amor, lo que César sería, si volviera al mundo, para el uso del cañón y de las pequeñas armas. Lo hubiera aprendido muy pronto y esto, en esencia, no hubiera cambiado nada de mi táctica.