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En los bosques del departamento del Eure aun se ven, en la época en que se reúnen, a los ciervos y ciervas, desfilar de lejos, en verdaderos rebaños; entre los árboles pasan o se paran un momento para olfatear el aire, tendidas las orejas; después, echan a correr con un galope rápido y pesado al mismo tiempo.
En cambio, los viejos ciervos que se cazan de a caballo escasean y viven en la espesura de los matorrales. Allí pasan el día, perezosamente tendidos sobre el vientre. Los buscadores de nidos o los que cogen campanillas, llegan a la inmediación de su retiro, sin verlos ni sospecharlos. Los ciervos salen por la noche en busca de sustento, apartándose lo menos posible. Cuando a fines de invierno cae su magnífica cornamenta, no sólo pierden su adorno, sino también un arma defensiva. ¿Cómo no van a sentirse disminuidos, avergonzados, temerosos y misóginos?
Pero llega la primavera. Sus astas brotan de nuevo como el ramaje de los árboles. A fines de julio ya vuelven a estar completos. Con el alimento que encuentran en abundancia, los ciervos han recobrado su aspecto majestuoso. A partir de aquel momento, cambia su carácter. Abandonan con gusto su escondite y eligen otro matorral, corretean, al amparo de la noche se aventuran cada vez más lejos. En la primera quincena de setiembre, van con la cabeza gacha, camino adelante, incluso en pleno día, y si un hombre se interpusiese en su camino se irían contra él sin ni siquiera verlo. Este talante melancólico y desagradable precede al período del celo. Persiste hasta que encuentra a las ciervas. Nunca le parecen bastantes a su alrededor. Reúne su harén en un espacio descubierto