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En el otoño de 1827, Edgar Poe, que contaba entonces dieciocho años, dejando el Fuerte Independencia, situado a la entrada del puerto de Boston, se había embarcado con la batería H. del primer regimiento de artillería de los Estados Unidos de América hacia la Carolina del Sur. Algunas semanas después de haber dejado, cual Pym, en las brumas del Norte las costas de Nantucket y desplegado las velas hacia el Sur, desembarcaba en las costas de la isla de Súllivan, frente a Charleston. Allí, durante un año, los muros del Fuerte Moultrie abrigaron su reposo, sus sueños. El servicio de Fuerte, poco cansador, permitía al joven soldado paseos y meditaciones por las playas y las selvas de la isla cálida y perfumada. Allí, mientras montaba la guardia a las estrellas, Edgar Poe había compuesto las estrofas astrales de Al Aaraaf. Es en ese mismo ambiente, donde quince años más tarde situaría la intriga de su Escarabajo de oro.
Cuando Poe escribió, en 1842, en Filadelfia, El Escarabajo de Oro estaba perdiendo la situación de editor del “Graham's” (3). La miseria golpeaba a su puerta; la salud de su mujer, Virginia, que en enero acababa de tener su primera hemoptisis, era más. delicada que nunca. Poe bebía con exceso, pero, para contrarrestar el peligro creciente que corría su razón, había ya empezado a erigirse en “razonador infalible”, en descifrador de criptogramas, desafiando victoriosamente al universo. Y él, que no llegaba a ganar dinero, que era incapaz de alejar la miseria que amenazaba su hogar, soñaba sin embargo la fantasía de riqueza, relumbrante de oro y piedras preciosas, de El escarabajo de oro.
Estos parecen haber sido los elementos biográficos adolescentes y adultos,