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Casi todos los niños sienten, en un momento dado de su desarrollo, temor de un animal.
Muchos de estos temores, cuando son superficiales, pasan inadvertidos, o por lo menos son tratados como cosas sin importancia. A menudo se borran por sí mismos, a veces completamente, y más tarde el sujeto muestra que no ha sido influido por ellos en absoluto.
En Totem y Tabú (2), Freud explica por qué ciertos animales pueden despertar tan fácilmente angustia en el niño: “La actitud del niño con respecto a los animales presenta muchas analogías con la del primitivo. El niño no conoce todavía el sentimiento de orgullo, propio del adulto civilizado, que traza una línea de límite entre él y todos los otros representantes del reino animal. Sin duda alguna, considera al animal como a un semejante; por la confesión franca y sincera de sus necesidades, se siente mucho más cerca del animal que del hombre adulto, al que muy probablemente encuentra más enigmático.
En este perfecto acuerdo existente entre el niño y el animal, vemos surgir a veces un trastorno singular. De repente, el niño empieza a sentir temor de ciertos animales y a huir del contacto y hasta del aspecto de todos los representantes de una especie dada. Entonces, vemos reproducirse el cuadro clínico de la zoofobia, una de las afecciones psiconeuróticas más frecuentes a esa edad, y tal vez la forma precoz de una afección de ese género. En general, la fobia se manifiesta hacia los animales por los cuales el niño mostraba hasta entonces el más vivo interés, y no presenta relación alguna con tal o cual animal en particular. En las ciudades, la variedad de animales capaces de provocar fobias no es muy grande. Son los caballos, los perros, los gatos, raras veces los pájaros, y a menudo bichos muy pequeños,