You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
El sentido del olfato, a diferencia del de la vista, desempeña un papel muy limitado en la vida del hombre civilizado. Frecuentemente oímos expresiones tales como: “Sí, ya veo”, o “No veo cómo…”, que demuestran el importante papel que desempeña la vista en nuestras operaciones psíquicas, y cómo ver equivale a comprender. Nunca utilizamos, en cambio, expresiones como: “Sí, lo huelo”, a menos de que nos estemos refiriendo concretamente a algún olor. El hombre moderno poco necesita de su olfato. El sexo femenino, desde luego, utiliza perfumes artificiales, pero este proceder tiene aparentemente un significado enteramente distinto. Por regla general el hombre civilizado es no sólo independiente de su olfato, sino que le disgustan los olores emanados de los seres humanos. Un hombre a punto de declararse a una muchacha, se vió súbitamente detenido por el olor de perfume que emanaba de detrás de las orejas de ésta. Este es un caso extremo, pero es bien sabido que a la mayoría de la gente le desagrada cualquier olor humano, y que los hombres son especialmente sensibles a lo que se llama el odeur de la femme. A decir verdad, a la mayoría de los hombres les disgusta en la mujer hasta el perfume artificial más delicado, y el viejo dicho latino de “Midier tum bene olet, ubi nihil olet”, sigue siendo exacto hoy en día. Al igual que otros médicos, he visto muchos matrimonios deshechos a causa de ocena y mal aliento. Havelock Ellis (2), que, ha realizado una compilación concienzuda del asunto, dice lo siguiente: “En las condiciones normales en Europa, el olor personal ha pasado a ocupar un lugar casi insignificante, y esto ha ocurrido por igual en el medio clásico, medioeval y moderno. El olor personal ha sido mirado en general como antiestético.” Más aún, en 1875 Disraeli hizo aprobar una ley en Londres,