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En octubre de 1926, el enfermo que conocemos como el “hombre de los lobos” a través de la “historia de una neurosis infantil” fué a consultar al profesor Freud, al que volvía a ver de tiempo en tiempo luego de la terminación de su análisis en 1920. Circunstancias que luego referiré habían introducido grandes cambios en la forma de vida del hombre de los lobos. El millonario de otro tiempo ganaba apenas lo indispensable para mantener a su mujer enferma y a sí mismo. No obstante, todo iba bien para él hasta el verano de 1926, en que le aparecen ciertos síntomas que lo llevan a consultar a Freud. Es entonces que le sugirió Freud que si comprendía la necesidad de reiniciar un análisis viniera a mí. Se me presentó al comienzo de octubre de 1926.
Sufría una idea fija hipocondríaca. Había sido víctima —se quejaba— de un ataque causado a su nariz por la electrólisis que le habían aplicado para tratar la obstrucción de las glándulas sebáceas de su nariz. Según él, el daño consistía en una cicatriz, en un agujero o pequeña fosa en el tejido cicatrizal, lesión que era diferente según los momentos. La delincación de su nariz estaba por siempre destruida. Me apresuro a decir que no existía nada visible sobre la nariz del paciente, nariz pequeña, respingada y típicamente rusa. El mismo paciente, al afirmar que el daño era sólo muy aparente, reconoció que su reacción a este respecto era anormal. Por eso, luego de haber agotado todos los recursos dermatológicos, había ido a consultar a Freud. Si no era posible hacer nada por su nariz, era menester hacer algo por su espíritu, fuera real o imaginaria la causa invocada. A primera vista, este punto de vista razonable y lógico parecía deberse a la inteligencia adqui