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Al estudiar la expresión del pensamiento del niño en sus juegos, sus cuentos, sus sueños y sus dibujos, nos asombramos a menudo ante la dificultad que tenemos en comprender su sentido y su finalidad.
El contenido aparente está muy alejado del contenido real. Y solamente el conocimiento de la situación afectiva del niño, de sus conflictos reales o imaginarios, de los símbolos que utiliza para expresarlos, nos permite reconstruir el rompecabezas de cuyas piezas nos provee en sus manifestaciones lúdicas o gráficas.
El estudio de niños neuróticos, de niños en conflicto con su medio ambiente, nos ha provisto de una cantidad de dibujos extremadamente curiosos por su ingenioso simbolismo. Esos dibajos parecen esconder y revelar al mismo tiempo, los sentimientos complejos que agitan el alma del niño.
Para comprender su sentido oculto hay que estar familiarizado con la mentalidad tan especial del niño. Esta mentalidad se asemeja a la del primitivo y a la del esquizofrénico. El elemento afectivo y el mágico la dominan en su mayor parte. El niño está dirigido en su actividad intelectual y pragmática por su vida afectiva y por su fe en las fuerzas mágicas. Esto le permite introducir en sus manifestaciones, uniéndolos, hechos contradictorios o alejados los unos de los otros.
Los eslabones intermediarios que explicarían la estructura de este extraño pensamiento faltan, lo que nos obliga a estudiar sus elementos. Para penetrar y ser admitido en ese mundo, que posee sus fórmulas y su lenguaje cifrado, hay que conocer el santo y seña. Son las lagunas en la estructura lógica de su producción las que permiten al niño expresar en ella sus pensamientos más secretos, sus sentimientos más íntimos, y realizar sus conflictos más dolorosos.
Es sobre todo en el dibujo donde el niño expresa más fácilmente sus