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El desarrollo de las formas mentales de actividad en el individuo consiste, según Freud, en la resolución del principio del placer, originariamente preponderante, y del mecanismo de represión que le es peculiar, por medio de la adaptación a la realidad; es decir, esa puesta a prueba de la realidad que se basa en el juicio lógico. Es así como de la etapa psíquica “primaria”, tal como ésta se manifiesta en las actividades mentales de los seres primitivos (animales, salvajes, niños), y en los estados mentales similares (sueños, neurosis, fantasía), surge la etapa secundaria del hombre normal en su pensamiento de vigilia.
Al principio de su desarrollo el recién nacido trata de obtener un estado de satisfacción por medio, simplemente, de un pensar insistente (imaginar), con lo que no hace sino cerrar los ojos (reprimir) a la insatisfactoria realidad, representándose por el contrario como presente, a la deseada pero ausente satisfacción; intenta pues el niño ocultarse a sí mismo sin esfuerzo todo aquello que necesita, recurriendo a alucinaciones positivas y negativas. “Fué sólo la falta de aparición de la esperada satisfacción, la desilusión, lo que condujo al abandono de este intento de satisfacción por el método alucinatorio. En lugar de ello, el aparato psíquico hubo de decidirse a representarse a sí mismo las circunstancias verdaderas del mundo exterior, y a esforzarse por alterar la realidad. Con ello quedó inaugurado un nuevo principio de actividad mental; no fué ya lo agradable lo que se imaginó, sino lo real, aun cuando fuera displaciente (1).”
El significativo ensayo en que Freud nos expuso este hecho fundamental de la psicogénesis se limita a la aguda diferenciación entre las etapas del placer y de la realidad. Cierto es que Freud se ocupa también aquí de estadios de transición en los que coexisten ambos estados de funcionamiento mental (fantasía, arte, vida sexual), pero deja por el momento sin respuesta la cuestión de si la evolución desde la forma primaria de f