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El psiquiatra tiene a veces que enfrentarse en su práctica profesional con el problema de la prostitución, pues muchas mujeres se dedican a ella como medio de vida y muchos hombres recurren a prostitutas en forma exclusiva o como suplemento de su vida marital. Durante el tratamiento analítico pueden aparecer en las mujeres fantasías de llegar a ser prostitutas, y en los hombres de visitar a prostitutas; algunos pacientes tienen horror a la prostitución.
El autor refiere las características de la prostitución partiendo de su material analítico, entre las que se destaca el incógnito que mantienen los dos compañeros que constituyen la pareja, escondiendo sus propias identidades detrás de personalidades ficticias; cree que ésta es la verdadera esencia de la prostitución y que todo lo que tiene alguna relación con ella está saturado de seudopersonalidad, es decir, necesidad de negar la identidad para escapar a los sentimientos de culpa: “yo no soy yo”.
Las personas que participan en la prostitución hacen relatos ficticios sobre ellos mismos y sus parientes, de acuerdo con cierto tipo: las mujeres dicen poseer un padre rico o fabuloso que perdió su mujer, y que la madrastra arrojó de la casa a la hija; los hombres pretenden haber tenido un padre malvado y cruel o también un padre débil e infame, y glorifican a la madre. Entre los relatos ficticios figuran, también, segundos matrimonios. Un paciente “asustaba” a las prostitutas diciendo que acababa de salir de la prisión, en la que fué recluido por haber dado muerte a su padre. Todos estos relatos tienen como base el complejo de Edipo.
La seudopersonalidad se manifiesta también por una “falsa rudeza”, demostrando entonces ambas partes de la pareja tener gran amor por el dinero o hambre de placer; la mujer manifiesta que el acto sexual es simplemente un negocio, que siempre está apurada porque aguardan otros clientes, que no espera ternura del hombre, pero que puede darla, naturalmente, por una suma extra; hace alusiones sobre