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El autor defiende la concepción psicosomática de la hipertensión, agregando que la misma no está en desacuerdo con las experiencias de Goldblatt sobre la “substancia presora” proveniente de la isquemia renal, ya que la referida isquemia puede ser de origen psíquico, a semejanza de lo que ocurre en el corazón y cerebro, en los que los déficits circulatorios de origen psicogenético son responsables de los síndromes anginosos y jaquecas. Aunque no juzgue meramente sugestivos los efectos de la simpaticectomía abdominal, llama la atención respecto al fuerte significado vivencial producido por la intervención quirúrgica. Según los estudios psicoanalíticos llevados a cabo por Alexander y Saul en portadores de hipertensión, los mencionados enfermos poseen un conflicto entre tendencias pasivas, de dependencia, receptivas, femeninas, e impulsos compensadores competitivos, agresivos, hostiles, que conducen al miedo y favorecen la huida de la competición hacia la actitud pasiva de dependencia. Este círculo vicioso es muy común en individuos neuróticos con presión sanguínea normal, pero lo que caracteriza al hipertenso es la incapacidad de liberar cualquiera de estas tendencias opuestas. El hipertenso, ni puede aceptar libremente la actitud pasiva, ni liberar sus impulsos hostiles, viviendo en algo así como una parálisis emocional.
Cita el autor el caso personal de un enfermo hipertenso cuya vida puede resumirse en constantes intentos, más o menos afortunados, de rebeldía contra un intenso sometimiento masoquístico a la madre. A continuación, enfoca el problema de cómo el conflicto alcanza su expresión somática en la hiperpiesis. Cree que el intermediario psicosomático más importante es el estado de tensión de los músculos estriados, estado que acompaña los conflictos no liberados entre sometimiento y agresividad. Cuando el bloqueo emocional es solucionado en cualquiera de las dos direcciones, ya sea por la pasividad o la agresividad, las cifras tensionales disminuyen. Fué lo que