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El autor inicia el trabajo refiriéndose a la evidencia de la concepción unitaria del organismo humano. Del mismo modo que no existen enfermedades locales y sí enfermedades generales cuya expresión máxima se encuentra en éste o en aquél órgano, también soma y psiquismo deben ser comprendidos conjuntamente. El organismo es un todo integrado y la vida afectiva desempeña un papel fundamental en la génesis de los estados mórbidos. Alteraciones orgánicas y funcionales apenas difieren en apariencia, porque, en la realidad, las lesiones orgánicas no pasan de disturbios funcionales fijados. Recuerda que el dualismo psicofísico, aun en vigor en ciertos círculos médicos, no representa nada más que la supervivencia de supersticiones y creencias religiosas de otrora. Pasa en revista trabajos experimentales que demuestran la influencia de las emociones en el funcionamiento gástrico humano, y después de sintetizar la teoría neurogénica de la úlcera péptica, se refiere a la conducta objetiva del ulceroso: independencia, tendencia a sobrecargarse de responsabilidades, ambición, preocupaciones constantes, obstinación. Presenta el caso de un enfermo con úlcera gástrica en el cual encontró tales rasgos bien patentes, y dice que si no todos los pacientes presentan los referidos rasgos, es porque los medios habituales de observación son insuficientes. Con el psicoanálisis el problema se aclara; las investigaciones de Franz Alexander demuestran que más que un tipo de personalidad, lo que existe es una situación de conflicto situada en un plano más profundo. Cita las ideas de Garma referentes a psicogénesis de la úlcera y relata el caso de un neurótico portador de disturbios gástricos, el cual, sometido a una psicoterapia de inspiración psicoanalítica, reveló conflictos del mismo tipo que los señalados por los dos últimos autores, a saber: rebeldía contra la actitud dominadora de la madre y, en un plano profundo, situación edipiana; por un lado, rechazo de las manifestaciones exteriores; p