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La escasez de nuestras observaciones nos obliga a estudiar la vida social en los grupos ficticios de nuestras colecciones. La sexualidad ha sido estudiada en los institutos americanos por Hamilton (1914) en los monos inferiores, y por Binghane (1928) en el chimpancé. Es muy difícil tratar este capítulo de la psicología en el hombre; las restricciones que impone la vida social al instinto sexual, el pudor, el amor propio, las nociones adquiridas por la educación, contribuyen a falsear y a esconder las manifestaciones, y sobre todo, los comienzos de las mismas. En los monos existen reacciones precoces esporádicas mucho antes de la madurez sexual, siendo ésta sólo una reorganización. El autor describe, con muchos detalles, en 4 jóvenes chimpancés (2 machos y dos hembras) los abrazos, las posturas del macho y la hembra, la exploración de los órganos genitales, el acoplamiento, con o sin erección. Todos estos actos aparecen aislados, espontáneamente, sin una influencia sensible del ejemplo, en animales de 3 a 4 años, es decir, 4 ó 5 antes de la madurez sexual. En realidad, nos parecen impresos de sexualidad porque sabemos que los volveremos a encontrar más tarde en los verdaderos actos sexuales. No tienen todavía nada de específico; pueden producirse en cualquier ocasión en que haya un estado de excitación un poco fuerte: represiones físicas o morales, decepción, miedo, alegría de las comidas o el retorno de un compañero, visitas de personas familiares o extrañas (sin embargo, con una indiscutible electividad sexual). No se encuentra aquí la separación definida entre la vida sexual y las emociones ordinarias que en ese dominio establece la civilización humana.
Tinklepangh (1933) ve en el desarrollo de estas conductas sexuales o parasexuales, un fenómeno de derivación o de sustitución, debido a las condiciones especiales del cautiverio (que inhibe las reacciones naturales) y que tienden a desaparecer con la edad. Es posible que la homosexualidad y la masturbación, que son