You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
Si tuviera que referirme a la epopeya de Don Quijote como si tratara la historia clínica de un enfermo mental, la prologaría con la siguiente anamnesis. Alonso Quijano, hidalgo pobre de una provincia española, La Mancha, se enamoró en la tarde de su vida, de Aldonza Lorenzo, una muchacha campesina del Toboso. En esta relación amorosa nuestro, buen hombre no se mostró un gran héroe. Durante los doce años en que su corazón desbordó de amoroso deseo, Alonso se atrevió a contemplar apenas cuatro veces el rostro de su amada, y en cada una de estas ocasiones se sintió tan sobrecogido de temor y turbación, que cualquiera suerte de viril galantería quedó por su parte totalmente fuera de la cuestión. En compensación, su fantasía se volvió inflamado espejo que le reflejaba las más atrevidas y activas pruebas de su masculinidad como sustituto de la potencia muy perturbada.
La escueta historia de la vida de Alonso nos explica justamente por su elección de objeto amoroso muchas de sus dificultades. La doncella del Toboso era una Brunilda regional de quien la crónica cuenta que tenía una voz tan potente como la de tres, y que arrojando la barra era tan fuerte como el más fuerte mozo del lugar.
El breve extracto de la historia de su delirio nos indica que nuestro héroe, por el contrario, no era Sigfrido. Su característica libidinosa es la de un individuo pasivofemenino, impotente probablemente toda su vida, en el cual el preclimaterio (1) sin duda estimuló su deseo sexual, pero dando curso simultáneamente a un nuevo ímpetu de tendencias pasivas femeninas. Alonso muestra en su episodio amoroso la conducta típica de un muchacho en la temprana pubertad. Más tarde, su delirio parece tomado directamente de la pubertad; a menudo la gran seriedad de sus actos es la copia de los juegos de muchacho, y, a despecho de las violentas ráfagas de regresiones