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Escribe Schopenhauer (1): “Toda obra tiene su origen en un pensamiento feliz, y es este último el que trae la alegría de la concepción; sin embargo, el alumbramiento, la realización, en mi propio caso al menos, no se halla libre de dolor. Entonces me yergo frente a mi propia alma como un juez frente al reo que yace sobre el potro del tormento, y la obligo a contestar hasta que nada me queda por preguntarle. Casi todos los errores e indecibles desvarios de que se encuentran tan plagadas las doctrinas y filosofías, paréceme que derivan de esta falta de probidad. No se daba con la verdad, no porque no se la buscara, sino porque la intención era la de hallar en su lugar alguna opinión preconcebida o por lo menos la de no herir alguna idea predilecta, y con ese propósito se hacía necesario emplear subterfugios, tanto contra los demás como contra el pensador mismo. Lo que hace al filósofo es el valor de decirlo todo cada vez que se encuentra frente a un interrogante. Aquél debe ser como el Edipo de Sófocles, quien, en la búsqueda de la verdad de su terrible destino, prosigue en su infatigable encuesta aun cuando adivina el indecible horror que le aguarda con la respuesta. Pero la mayoría de nosotros lleva en su corazón a Yocasta, quien implora a Edipo que por amor de Dios no averigüe más, y cedemos ante ella. Y ésa es la razón por la cual la filosofía está donde está (2). Al igual de Odín, quien a las puertas del infierno interroga incesantemente a la vieja profetisa que yace en su tumba, desoyendo sus negativas y sus ruegos de que la deje en paz, el filósofo debe interrogarse a sí mismo sin misericordia. Este coraje filosófico, sin embargo, que es lo mismo que la sinceridad y probidad en la investigación que me atribuís, no surge de la reflexión y no