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El autor de tantos valiosos aportes al psicoanálisis y la psicología retoma aquí las opiniones expuestas en A psychologist looks at love, como expresión de los puntos de vista que él denomina neopsicoanálisis. Tanto la importancia de lo sexual en el psiquismo normal como su influencia en la etiología de las perturbaciones, son negadas partiendo de un concepto biológico del sexo como “una necesidad primitiva, biológicamente determinada y de carácter puramente físico”. El estudio de las relaciones sexuales, con este criterio, apenas tendría interés psicológico, a no ser por las confusiones a que da lugar la intrincación de lo sexual con las exigencias del yo y la necesidad de afecto, los tres elementos que integran el sentimiento amoroso. La incapacidad de amalgamar apropiadamente estas diferentes tendencias sería la expresión, en el terreno del amor, de un debilitamiento del yo, causa primaria de toda perturbación psíquica. A causa de este debilitamiento y del disgusto consigo mismo y la disminución de la autoconfianza que le son conexos, reviven las inhibiciones surgidas en la primera infancia a raíz de las prohibiciones relacionadas con las necesidades excretorias del niño. Estas inhibiciones, anteriores al complejo de Edipo, son las que proporcionan, a su tiempo, el molde en que ha de plasmarse éste, que por otra parte sólo constituye una fase transitoria en el desarrollo total de la personalidad. El sexo, la necesidad sexual, puede ser satisfecha o no, pero nunca sublimada. Como lo había destacado ya en el libro anterior, el sentimiento amoroso es, en definitiva, una función del yo: una forma reactiva que reemplaza a primitivos sentimientos de envidia y de deseo de apropiación que despierta en el sujeto —especialmente a favor de un estado de disgusto consigo mismo— una persona que encarna su yo ideal. Primitivamente se trata de una persona del mismo sexo. En la pubertad, cuando ese descontento es tan considerable que llega a extenderse a todas las personas del mi