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El propósito del doctor A. Borel en este artículo es el de aislar y caracterizar el síntoma mental —y la psiquiatría—, oponiéndolos al síntoma neurológico y al fenómeno psíquico.
El primer criterio que permite distinguir el síntoma mental es la imposibilidad de aislarlo. Un síntoma neurológico puede ser analizado, reducido a elementos y, por fin, localizado como perturbación de tal o cual función nerviosa. Por el contrario, la sola descripción posible del síntoma mental es de carácter “geográfico”. Ningún síntoma mental puede existir en el estado elemental.
Por otra parte, el síntoma neurológico aparece como una falta, una disminución, una supresión en las funciones —algo negativo—. Pero el síntoma mental aparece como algo positivo, que traduce la existencia de una realidad diferente del psiquismo normal. Algo que el alienado no puede describir, porque le faltan las palabras, porque no tiene a su disposición sino las palabras adecuadas para realidades normales. La sintomatología mental se reduce entonces a un ensayo de expresar una realidad inefable, incomprensible y angustiosa.
Por fin, el síntoma mental se define como el resultado de una lucha interna del enfermo para integrar esta realidad ajena, como Freud lo descubrió. Este aspecto, dice el autor, diferencia un síntoma perteneciente a la psiquiatría de un mero hecho psíquico. Este interesante artículo presenta varias concepciones muy discutibles, y en la discusión que lo sigue, las objeciones del doctor Lacau parecen muy valiosas. Es evidente que su carácter de formación reactiva no basta para distinguir un síntoma psiquiátrico de una gran cantidad de hechos pertenecientes al dominio de la normalidad psíquica.
Willy Baranger.