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Según Freud, el asesinato del padre primitivo es un recuerdo inconsciente que se transmite por herencia. Sin criticar esta filogénesis, Roheim admite, además, una teoría ontogénica de la cultura. Esto mismo precisa el autor a que nos referimos, que afirma no ser absolutamente necesario referirse a la herencia para explicar rituales de ahora, porque en relación con los instintos y las defensas en contra de ellos, no hay diferencias entre el hombre primitivo y el civilizado. Así lo demuestra, mediante un juego y dos rituales judíos.
En el juego del “primogénito”, los niños, mediante nueces que representan a los hermanos, descargan su agresividad contra el mayor, sustituto del padre.
En el ritual del pastel, toda mujer judía piadosa arroja un pedazo de la masa al fuego. Ello tiene el significado de sacrificar al primogénito, más querido por la madre por ser el primero que pasó por sus genitales. La madre resuelve simbólicamente la rivalidad provocada por su amor hacia él y hacia el padre mediante un desplazamiento al pastel, como lo demuestra también el autor con otros datos folklóricos.
El ritual de cortar el pan tiene el significado de la fiesta totémica. Es realizado por los varones, de la familia. El padre, y luego los hijos varones, se lavan las manos en una habitación próxima; después, en silencio y por orden de edad, cortan una rebanada de pan y la comen por completo, antes de hablar y efectuar otra comida. El silencio representa la muerte. Este ritual se sigue efectuando porque también en la actualidad el padre domina a los hijos.
Garma.