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La comunidad judía de una aldea checa practicó un extraño ritual. El cadáver de una mujer, muerta en las últimas semanas de su embarazo, fué colocado verticalmente ante los tres miembros más prominentes de la comunidad, los que se dirigieron a él, haciendo sonar un cuerno de carnero y diciéndole que diera a luz al niño para circuncidarle y darle un nombre. Amenazaron al cadáver con no enterrarle y hacerle pisotear por los bueyes. Pero como el cadáver no les hizo caso, entonces le perdonaron y le llevaron a la tumba.
Todo este ritual está en relación con el temor a las personas muertas, proveniente de los sentimientos ambivalentes que despertaron en vida y el temor a su venganza. Universalmente se suele creer que la madre que muere embarazada se convierte en un espíritu. También existe la creencia de que un niño muerto sin bautizar se convierte en un vampiro. En el ritual citado parece que el objeto de temor esencial es el niño, cuya muerte, deseada por el padre por motivo de rivalidad edípica, despierta culpabilidad y angustia. También