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Son unas encantadoras criaturillas, cuyo tamaño rara vez excede del de nuestros abejarucos. Los machos, en la mayoría de las especies, muy distintos de las hembras, se distinguen por la belleza de su plumaje y por sus curiosas danzas nupciales, que en los países sudamericanos en que habitan les han valido el sobrenombre de “bailadores”. Debemos a las recientes observaciones del ornitólogo americano Chapman, sabrosos detalles sobre las costumbres del manaquín de Gould, en Panamá:
Unos quince días antes de iniciarse las manifestaciones del período nupcial los machos, que fuera de este período viven dispersos y a distancia, regresan a sus terrenos de alarde, terrenos que, al parecer, son utilizados varios años consecutivos por los mismos individuos. El “terreno de alarde” del manaquín de Gould está constituido por un espacio libre groseramente elíptico, de dimensiones variables, cuyo promedio puede estimarse en ochenta centímetros de largo por cincuenta de ancho, que la propia ave ha abierto en el suelo, en el fondo del bosque, retirando con el pico todos los objetos sueltos que lo ocupaban: hojas, ramitas, etc., y que mantiene constantemente en ese estado de limpieza, como se ha demostrado mediante diversos experimentos. En general, tales terrenos se hallan en grupos de cinco a siete, pero separados unos de otros por una distancia de diez a doce metros, en pleno bosque. Cada uno de esos terrenos pertenece a un macho determinado, y sus asociaciones de cinco a siete individuos o más, parecen haber pactado un modus vivendi y observarlo estrictamente. El hecho es que los derechos territoriales inherentes a cada coto y a sus inmediaciones pocas veces son vulnerados y no hay litigio alguno. De modo que, a pesar de su carácter combativo y celoso, siempre que se trata de defender la propiedad, cada uno de los machos vive generalmente en buena armonía con sus vecinos y puede, sin temor de que le estorben, utilizar su terreno y desplegar su “corte”.
En tales cotos se concentra, p