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Georg Christoph Lichtenberg nació en 1742 y murió en 1799. Décimooctavo hijo de un pastor protestante, se dedicó desde joven al estudio de las matemáticas y la física, y enseñó luego la física experimental en la Universidad de Göttingen. Era un hombre bajito y feo, deformado por una enorme joroba, y vivía la vida ensimismada de un intelectual tímido y sensitivo. Durante toda su vida lo atormentó una marcada “hipocondría”, definida por él mismo como “habilidad de extraer a cualquier acontecimiento … la mayor cantidad posible de veneno para uso propio”. Encontró solaz en el amor de dos muchachas del pueblo: la primera, una pequeña vendedora de flores a quien —un poco como el profesor Higgins en el Pygmalion de Shaw— llevó a su casa para educarla, y cuya muerte prematura lo entristeció mucho; la segunda, una campesina simple y buena que le sirvió durante años como ama de llaves y con quien al final se casó, legitimando así a varios hijos naturales. En 1769 y 1774 hizo dos viajes a Inglaterra. La profunda impresión que le causó la atmósfera libre y cosmopolita de Londres se reflejó fielmente en sus Cartas de Inglaterra (1776-1778). En lo demás, su mundo se limitaba, según sus propias palabras, a “una muchacha, ciento cincuenta libros, algunos amigos y un panorama de más o menos una milla alemana de diámetro”: mundo pequeño, por cierto, pero —y es importante hacer el agregado— animado por una mente vivacísima dotada de los más variados talentos e impulsada por una curiosidad intelectual insaciable.
Era el ser humano mismo el que estaba en el centro de los múltiples intereses de Lichtenberg. “The noblest study of mankind