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Es un postulado aceptado en la teoría psicoanalítica, el de que la libido puede no solamente desplazarse a determinados órganos del cuerpo, sino que también puede investir a la función psíquica. Esto permite convertir el proceso del pensamiento en un fin placentero o recreación, que eventualmente da lugar a la erotización de la actividad de pensar. Cualquier placer que comúnmente obtenemos del pensar se debe más frecuentemente al contenido del pensamiento que al proceso mismo de pensar. En la erotización del pensamiento, como en el caso en que órganos físicos no sexuales están investidos en exceso con libido sexual, se produce interferencia con la función normal. Esto se manifiesta específicamente por inhibición general o particular en el pensar. Nunberg [1] menciona que además de ese desplazamiento total, la erotización puede estar confinada a impulsos parciales aislados, tales como el anal, haciendo a este mecanismo responsable de la tartamudez.
Me he dado cuenta de que en ciertos estados mentales confusos vinculados a aquellos que se agrupan bajo el término de despersonalización, una erotización del pensamiento es un precursor frecuente de tal fenómeno. En estos individuos persistió una mezcla de tendencias mentales “masculinas” y “femeninas” hasta el momento en que se presentaron los sentimientos de irrealidad, dotados al parecer de una significación etiológica definida.