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Freud ha estudiado el origen del monoteísmo judío, a partir del egipcio impuesto por el faraón Akhenatón. Considera el paso del matriarcado al patriarcado como un progreso de la espiritualidad sobre lo material de los sentidos, ya que son éstos los que prueban la maternidad. Otro paso en el sentido de la espiritualidad, es la prohibición judía de representar a Dios materialmente.
Ya en un artículo previo, Barag probó la existencia de una adoración a la madre en el pueblo judío, anterior al sometimiento rígido al dios único. Ahora insiste en cómo el monoteísmo no estaba arraigado intensamente en el pueblo judío. Además señala cómo aquel Akhenatón, más dependiente de su madre fuerte que de su padre débil, quiso negar su descendencia del último, haciéndose descender directamente del dios Re (Atón). Barag compara esto con lo sucedido mil años después, en los que los discípulos de Jesús negaron la paternidad dé José y dieron a Dios el papel paterno.
Si bien es verdad que en el monoteísmo judío hay una vuelta hacia el padre huyendo de la madre, a pesar de todo es claramente perceptible cómo la madre sigue persistiendo en la concepción del dios único. Este dios es descripto con las cualidades del útero materno, que da a luz a todos los individuos y los alimenta con el maná del desierto (y del paraíso terrenal), como una madre cariñosa. También el seno-útero de Abraham, o sea el de Dios, es el que alberga a los muertos, y a los no nacidos.
Garma.