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Los autores consideran que la noción de la percepción temporal se introduce en el yo incipiente del niño a través de las frustraciones.
Consideran el estrecho vínculo existente entre la alimentación y el tiempo y citan la observación hecha por Sachs de que el primer conocimiento que tiene el yo de que existe un factor temporal, se origina ante la frustración oral que significa la separación del pecho de la madre. Las tentativas de
negar el tiempo son muy llamativas en los síntomas neuróticos y psicóticos y, por otro lado, durante el coito, al abolirse toda frustración, desaparece la captación cronológica.
Los autores estudian el desconocimiento del tiempo en las fantasías y el folklore y señalan que la idea de inmortalidad = eterna juventud, se encuentra invariablemente enlazada a la del alimento que nunca se agota. La manzana es un símbolo universal del pecho de la madre y son numerosísimas las leyendas existentes sobre su poder: mientras el héroe come el fruto, el tiempo queda detenido, es decir, vuelve al pecho materno.
También analizan la forma de adaptarse al tiempo de tres tipos de cultura. La más primitiva, las tribus arcaicas del centro de Australia, tienen una noción sumamente imperfecta del tiempo. Carecen de calendario, sólo cuentan hasta cuatro y paralelamente, no manifiestan preocupación alguna por el almacenamiento o posible carencia de alimentos. Estas características se deberían a que las madres de estas tribus son muy poco frustradoras. En marcado contraste, los nativos de la isla Nogamby, pueblo agricultor, manifiestan en sus complicados ritos culinarios la preocupación por el abastecimiento. También poseen un complejo calendario centrado en torno a las diferentes fases agrícolas. Las madres de esta tribu se caracterizan por una gran hostilidad y descuido por sus hijos.
Finalmente en nuestra cultura occidental, la supervalorización obsesiva del tiempo (“el tiempo es oro”), constituye una tentativa de superar las frustraciones orales mediante la magia