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La necesidad de reexaminar las formulaciones teóricas del psicoanálisis y las implicaciones que de ello se deriva para la técnica y práctica terapéutica, se inició con el mismo Freud y sus inmediatos colaboradores. El autor hace una breve reseña de estos intentos tanto individuales como colectivos (congresos, simposios, etc.). A través de ellos puede observarse la multiplicidad de cuestiones que el tema involucra, así como los distintos puntos de vista con respecto a esta relación entre teoría y técnica. Glower sostenía la conveniencia de nuevas investigaciones de tiempo en tiempo; lo mismo expresan Zilboorg, Kubie, Oberndorf, tanto de la teoría como de la terapia. Expresiones de estas mismas necesidades se formularon en un breve simposio en la Asociación Psicoanalítica Americana en 1946 con la colaboración de Hartman, Eidelberg, Kris, Waelder y otros, que sostuvieron la conveniencia de organizar y armonizar las distintas opiniones, especialmente frente al problema de los procedimientos técnicos básicos.
Las consideraciones teóricas pueden ser sobreestimadas y conducir a errores en la apreciación de la estructura dinámica de las manifestaciones sintomáticas de un paciente; la orientación teórica del analista puede influir su labor terapéutica. Ya Ferenczi era de opinión que los analistas podían dividirse en dos grupos, aquellos para quienes la terapia es lo más importante y otros para quienes el psicoanálisis constituye un laboratorio de investigación psicológica. Lorand, en base a sus observaciones en la labor de enseñanza y especialmente en los controles didácticos, sostiene la inconveniencia de normas rígidas, de errónea adherencia a una teoría favorita, sea ésta anticuada o novedosa. Aboga por la reorientación de los métodos de enseñanza en forma orgánica y sistematizada, especialmente de temas cuyo conocimiento se ha consolidado por la experiencia. Se refiere al manejo transferencial, a la forma