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El trabajo representa una exposición general de los conceptos de Melanie Klein y sus discípulos con respecto a los procesos psicológicos más tempranos del niño. Se ocupa principalmente de los problemas de los impulsos oralsádicos, las angustias correspondientes, las defensas que el yo infantil aplica contra estos impulsos y en especial, las funciones de la proyección e introyección.
La autora designa como fundamento de todas las angustias el temor a la impotencia frente a las fuerzas destructivas internas que sobrevienen en caso de serias frustraciones, especialmente orales. La violenta descarga de agresión que éstas provocan lleva al niño pequeño al estado de exhausción que implica la sensación de muerte. Toda la evolución ulterior consiste no sólo en la adaptación al ambiente exterior y a las necesidades del organismo, sino al mismo tiempo en las medidas de defensa contra esta situación de peligro primario. “La esencia del yo consiste en que sabe lo que debe hacer, no para vivir, sino para evitar la muerte” (Searl). El niño siente, pues, primero una dependencia insoportable de estados internos (destrucción interna) y luego, como defensa, una dependencia de factores externos (madre), como fuente de ayuda.
Las fuerzas que destruyen al niño (en caso del hambre violento) son identificadas con los deseos (absorber el pecho). Surge así la idea de ser destruido por los propios deseos, protoimagen para todas las situaciones ulteriores en las que un impulso libidinoso y agresivo es vivenciado como destructivo para el propio yo (v. gr., la masturbación). Estas sensaciones de destrucción interna constituyen la raíz de los objetos malos internos, que a su vez juegan un papel importante en la formación del superyó severo. Todas las sensaciones internas, las “malas” y las “buenas”, son luego proyectadas e identificadas en la fantasía con un objeto externo “bueno” y uno “malo”. La angustias que el niño vive entre el 3ọ y el 6ọ mes hasta el 2ọ y 3.er año de su vida, se refieren ya